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Eddy junto a su hijo posando con los bioinsumos creados en su biofábrica, tales como biocontroladores y biofertilizantes.

Eddy, una historia de transformación y resiliencia

Frente a la dura realidad del cambio climático, la resiliencia y la innovación son cruciales para la seguridad alimentaria de muchas familias productoras de Nicaragua. Esta es la historia de cómo la participación de Eddy en las “Escuelas de Campo” ha generado un impacto positivo y transformador en su comunidad.


En una comunidad de paisajes cambiantes del norte de Nicaragua vive Eddy, de 41 años, junto a su familia compuesta por Nohemí, su esposa y Víctor y Eddy, sus hijos. Siguiendo con la tradición histórica y cultural de su familia y del entorno, él ha tomado el oficio de agricultor, mismo que le ha representado un reto abisal al habitar en una de las zonas del Corredor Seco del país.

En las parcelas familiares Eddy siembra maíz, frijoles, árboles cítricos y hortalizas. 

Cuando el tiempo era bueno abastecía a su hogar y comercializaba parte de sus cosechas, pero, cuando el cambio climático hacía de las suyas, a veces no alcanzaba ni para la familia. 

Los conocimientos ancestrales acompañaron la jornada de Eddy por más de dos décadas, sembraba como aprendió de su padre y su padre le enseñó, lo que a su vez, él había recibido de su padre. Estos saberes se han transmitido como un sello en el ADN familiar. 

Pero, sus aprendizajes no fueron suficiente para enfrentar los períodos de extrema sequía o lluvias torrenciales que trae consigo el Corredor Seco, situación que se agudizó cuando el cambio climático pasó de ser un mito a una realidad irrefutable. 

Cuando el tiempo parecía desalentador, una brisa sutil de esperanza llegó a la vida de Eddy, al ser invitado a participar en las “Escuelas de Campo”, metodología que el componente de Agricultura Resiliente al Cambio Climático de World Vision implementa en colaboración con el Instituto Nicaragüense de Tecnología Agropecuaria. 

“Con las capacitaciones he adoptado un mundo de aprendizaje distinto al que conocí. Aprendí que hay prácticas de siembra que dañan la tierra y lamentablemente, muchas de ellas son comunes porque las hemos heredado de nuestros antepasados. Pero, también he reafirmado que cuando nuestros padres y abuelos nos decían que estuviéramos pendientes de la luna para sembrar o abonar, estaban en lo correcto.

De los nuevos aprendizajes, el que más atesoro es el de usar los mismos regalos de la naturaleza en el proceso de la siembra porque este me ha permitido tener cosechas sanas, abundantes y me permiten cuidar de mis tierras, un regalo que me dio mi padre y la que yo daré a mis hijos”, asegura Eddy, con una mezcla de melancolía y orgullo. 

Una nueva vida para el suelo

Eddy posando junto a su hijo mostrando mazorcas saludables y libres de plaga obtenidas de su maizal gracias a la implementación de bioinsumos.

Antes de los talleres de Escuela de Campo, el proceso de siembra de Eddy dependía de agroquímicos costosos y dañinos; su finca sufría de suelos agotados por años de fertilización química; plagas resistentes que no cedían ante los pesticidas convencionales y altos costos de producción que reducían sus ganancias. Cada cosecha era una apuesta. A veces ganaba y otras perdía. 

“En uno de los talleres se habló sobre agricultura orgánica, ahí escuché por primera vez sobre las biofábricas: espacios donde se elaboran biofertilizantes, bioplaguicidas y microorganismos benéficos con insumos locales. 

Pensé que si los hacía ya no tendría que seguir dependiendo de productos que me empobrecían, enfermaban mi tierra y atentaban contra el futuro de mis hijos. Así que, me arriesgué a hacerlos y ha sido de las mejores decisiones de mi vida. Hoy mis cultivos y mi economía es otra”, asegura.

Con apoyo técnico de World Vision y la participación activa en las Escuelas de Campo, Eddy elaboró los primeros bioproductos en un rincón de su finca, decidió a su vez, que este sería el primer espacio de traspaso de sabiduría a sus dos hijos. 

“Me acuerdo de que inicié a recolectar, estiércol de ganado, melaza, ceniza y microorganismos de montaña, bambú, mangos y mis hijos me decían: “Ahora que vamos a hacer con esto”, “ya van a ver”, les respondía” comparte con picardía.  

En menos de un año, los resultados fueron notables: la finca de Eddy se caracterizaba por tener suelos más vivos, plantas sanas y reducción de costos en la siembra.  

De productor a mentor

Eddy, sonriendo, enseña a su hijo a aplicar el producto M5, un biopesticida de su propia creación, en un cultivo.
Eddy, sonriendo, enseña a su hijo a aplicar el producto M5, un biopesticida de su propia creación, en un cultivo.

Hoy, además de ser productor, Eddy se ha convertido en un promotor y mentor de las Escuelas de Campo en su comunidad acompañando a otros agricultores en su proceso de siembra. 

A su vez, formó un grupo de cinco agricultores para iniciar una biofábrica que produce insumos orgánicos y saludables, a fin de generar ingresos económicos adicionales en las familias e incidir en el cuidado de la tierra de todo su municipio. 

La biofábrica se ha convertido en un espacio de producción, pero también de aprendizaje y demostración para otros productores que se acercaban para aprender. Ahora Eddy no es el único que utiliza biofertilizantes, sino que la mayoría de los productores en su comunidad replican estas prácticas, fortaleciendo la seguridad alimentaria, la resiliencia ante sequías e inundaciones y empoderando a las familias para que gestionen sus medios de vida sin depender de ayuda externa.

Por su compromiso con el cuidado de la tierra, la agricultura resiliente y empoderamiento familiar, Eddy convirtió sus tierras en una finca modelo al contar con siembras diversificadas y libre de químicos. 

La historia de Eddy no es solamente de agricultura, sino también, de empoderamiento, resiliencia y del poder de la naturaleza; su biofábrica no es una estructura, es una semilla de cambio.