El respeto que merece el trabajo humanitario en las comunidades, es algo que Julio César Balmaceda, un joven hablantín, “divertido y apasionado por la familia, el fútbol y la danza”, remarca cada día a sus colegas y voluntarios. A sus 18 años decidió formar parte del Voluntariado Naranja de World Vision Nicaragua y desde 2015, es parte del personal de la organización.
Actualmente, tiene 29 años es padre de una niña de seis años y un bebé que viene en camino. Es el segundo de tres hermanos. Ingeniero Agrónomo con especialización en Innovaciones Tecnológicas para la adaptación al Cambio Climático. Labora como Facilitador de Desarrollo en diversas comunidades de Matagalpa. Para él “aportar al bienestar integral de la niñez es algo que apasiona”.

Su infancia estuvo marcada por violencia intrafamiliar, pobreza y el fallecimiento de su padre. En ocasiones el “agua de arroz” fue el sustituto de la leche porque su familia no contaba con recursos para comprarla. “Mi mamá dice que ella tenía miedo que me muriera porque no tenía dinero para comprar leche o comida”, asegura. Vivir en la pobreza gran parte de su infancia lo llevó a trabajar en el campo desde niño.
“A los diez años ya trabajaba en el campo y después me iba para la escuela, para mí no era fácil, pero estaba convencido que quería un futuro distinto al que estaba viviendo, por eso me esforcé para salir adelante”, expresa. Durante su secundaria y primeros años de universidad contó con el apoyo de su hermana mayor, a quien le agradece por su amor y ayuda.
Por las experiencias que tuvo durante su infancia, Julio César conoce de primera mano, lo que muchos niños, niñas y adolescentes viven en las comunidades y por ello, decidió que sus acciones aportarían para darles una mejor calidad de vida.
“A los 18 años entré al Voluntariado de World Vision porque había escuchado que esta organización ayudaba a los niños en las comunidades y pues yo también quería contribuir. Caminaba grandes distancias, pasaba de una comunidad a otra y atendía a los niños patrocinados. Como voluntario uno hace grandes sacrificios y realmente, incide en el desarrollo de la niñez”, expresa.

En 2015, se dio la oportunidad de sumarse oficialmente como personal de la organización y desde entonces, refuerza cada día su compromiso por cambiar la realidad en la que viven muchas niñas, niños y adolescentes en las comunidades que atiende.
“Yo conozco la realidad de estos niños, la viví y eso me motiva a dar lo mejor de mí. La organización es luz en la vida de los niños patrocinados porque no solo aseguramos que vayan a la escuela y estén bien nutridos, también incidimos en el trato que los padres deben de darles. A nivel comunitario estamos llamando a la Crianza con Ternura y a la protección de las niñas, niños y adolescentes”, comparte.
Una de las experiencias que más ha marcado a Julio César, fue la muerte de un niño, un día después de haber sido ingresado al programa de patrocinio. “Era un niño de tres años que vivía en una comunidad que atendíamos en Matagalpa. Él tenía hidrocefalia y justo un día después que lo ingresamos al programa de patrocinio el niño falleció. Es algo que recuerdo muy seguido y que me motiva a no dejar pasar ni un momento en hacer algo que beneficie a alguien”, asegura.
Respeto y admiración por el voluntariado comunitario
Julio César es responsable del grupo de voluntarios comunitarios presentes en las zonas que atiende y aprovecha el espacio para reconocer el trabajo que realizan en favor de la niñez.
“Yo siempre les digo a las y los voluntarios comunitarios que su labor es digna de respeto y admiración; que son líderes que hacen posible el trabajo de la organización y que, por ende, deben ser ejemplo para los otros miembros de la comunidad. Son nuestros socios, nuestros aliados y porque yo vengo de ser voluntario comunitario, también sé, la sinceridad con la que entregan su cariño, tiempo y dedicación. El amor y respeto hacia el voluntariado comunitario lo voy a llevar siempre en mi corazón”, expresa.

“Debemos ser portadores de esperanza”
A su trayectoria como trabajador humanitario Julio Cesar, ahora suma la experiencia de servir a las comunidades en momentos de una crisis sanitaria.
“A las personas en las comunidades les da miedo vernos con mascarillas y guantes. Existe una gran desinformación sobre el virus y cuando nos ven así piensan que estamos enfermos, pero en esas ocasiones es donde reconozco que como trabajadores de World Vision debemos ser portadores de esperanza.
Es una gran responsabilidad llegar a las comunidades y concienciar a las familias sobre las formas de prevenir el virus. Las personas tienen mucha confianza en nuestro personal y voluntarios y gracias a la información que nos da la organización podemos capacitar a las comunidades, aunque a la vez, es triste porque hay familias que con el poco dinero que tienen prefieren asegurar la comida y no les alcanza para mascarillas o guantes”, expresa.
En las comunidades que atiente Julio César, World Vision Nicaragua entregará kits de higiene para el lavado de manos e higiene familiar. Estos están compuestos por dos jabones, una toalla de manos y un paquete de toallas desechables.

El temor a un contagio está presente, pero no minimiza el compromiso que él siente por servir a los más vulnerables. “A todos nos preocupa esta situación. Mi madre y yo salimos diario por el trabajo, lo que significa que nos exponemos a un posible contagio o transmisión del virus; por eso, hemos establecido todo un mecanismo de desinfección para entrar a la casa.
En la organización nos han dado mascarillas, guantes y alcohol en gel, los uso cada vez que voy a las comunidades porque simplemente, no puedo desligarme de mi responsabilidad con la niñez”, comparte.
Julio César ha sido parte de la familia naranja por 11 años desde su rol como voluntario comunitario y ahora, como Facilitador de Desarrollo. Desde World Vision reconocemos su compromiso y entrega por la niñez más vulnerable de Matagalpa.
¡Julio César es un héroe anónimo de sangre naranja!
